No tardé en colocar todos los carteles: en la lavandería, en el videoclub, en la puerta del castillito del parque rodó.
El cartel pasó de ser un objeto digital, intangible, a la decoración preponderante de mi ciudad. Estaba dejando una marca imborrable por donde todos pasarían a deslumbrarse.
Sin querer sustituí un montón de fachadas por mi propia creación, solita había decidido el rumbo que esto iba a tomar. No le pedí permiso a nadie, a ninguna persona la pregunte si le molestaba.
Y fue allí cuado me di cuenta de que había tomado la decisión de colocar estos carteles porque no me gustaba lo que había por debajo, pero nunca me preocupe en saber como se sentían los que si les gustaba lo que había por debajo.
¿Acaso mis acciones eran egoístas?
“Si” retumbaba en mi cabeza podrida de carteles inmirables, afiches de música incestuosa, política carcomida por discursos descartables, fiestas de gala con vasos de plástico y espantosas e inservibles páginas de internet.
¿Quién es este monstruo en el que me he convertido? No pedí esto, ¡no pedí nada! Solo quería embellecer mi ciudad.
Entonces dejaré de hacerlo. “No puedes” se escucha en mi nuca peleando con la mente “No puedes abandonar tus ideales, eso es resignación”
Y ahí mi conflicto. ¿Egoísmo o resignación?
Se llena de discursos el salón. Por un lado tenemos a los egoístas, felices, dignos, con un montón de cosas logradas en la vida. Tienen voz y voto, auto y casa propia. Comen carne dos veces por semana. Van al cine, toman algo con sus amigos, son seres sociales. En general caen bien.
Y por el otro tenemos a los resignados. No les gusta llamar la atención, son fáciles de llevar. Fuman tabaco y no cigarros empaquetados. Están comprando la casa por el Banco Hipotecario. Son socios de cinemateca y van a cumpleaños cuando los invitan. En general caen bien.
La indecisión es muy fuerte.
¿Acaso los carteles habrá sido una buena idea?