miércoles, 30 de junio de 2010

Egoístas carteles resignados

No tardé en colocar todos los carteles: en la lavandería, en el videoclub, en la puerta del castillito del parque rodó.

El cartel pasó de ser un objeto digital, intangible, a la decoración preponderante de mi ciudad. Estaba dejando una marca imborrable por donde todos pasarían a deslumbrarse.

Sin querer sustituí un montón de fachadas por mi propia creación, solita había decidido el rumbo que esto iba a tomar. No le pedí permiso a nadie, a ninguna persona la pregunte si le molestaba.

Y fue allí cuado me di cuenta de que había tomado la decisión de colocar estos carteles porque no me gustaba lo que había por debajo, pero nunca me preocupe en saber como se sentían los que si les gustaba lo que había por debajo.

¿Acaso mis acciones eran egoístas?

“Si” retumbaba en mi cabeza podrida de carteles inmirables, afiches de música incestuosa, política carcomida por discursos descartables, fiestas de gala con vasos de plástico y espantosas e inservibles páginas de internet.

¿Quién es este monstruo en el que me he convertido? No pedí esto, ¡no pedí nada! Solo quería embellecer mi ciudad.

Entonces dejaré de hacerlo. “No puedes” se escucha en mi nuca peleando con la mente “No puedes abandonar tus ideales, eso es resignación”

Y ahí mi conflicto. ¿Egoísmo o resignación?

Se llena de discursos el salón. Por un lado tenemos a los egoístas, felices, dignos, con un montón de cosas logradas en la vida. Tienen voz y voto, auto y casa propia. Comen carne dos veces por semana. Van al cine, toman algo con sus amigos, son seres sociales. En general caen bien.

Y por el otro tenemos a los resignados. No les gusta llamar la atención, son fáciles de llevar. Fuman tabaco y no cigarros empaquetados. Están comprando la casa por el Banco Hipotecario. Son socios de cinemateca y van a cumpleaños cuando los invitan. En general caen bien.

La indecisión es muy fuerte.

¿Acaso los carteles habrá sido una buena idea?

Tarjetita impermeable

La lluvia sacudía los paraguas de colores, a las ancianas en las esquinas y humedecía terriblemente sus cuadernos y papeles en la mochila.

Por suerte había protegido la tarjeta de forma poco casual. Con el nylon de cocina había forrado tres veces la propaganda, con su nombre y su teléfono inscritos sobre enero y abril.

Llegó a la esquina y el teléfono público estaba fuera de servicio. Camino otra cuadra más sin encontrar respuesta. La ansiedad le corría por las venas de la misma forma que las gotas empapaban su cara.

De pronto como un estallido, una ventisca se apodero de la impermeable tarjeta, y con ella también se llevó a las nubes.

En un abrir y cerrar de ojos se despejó el cielo y se tranquilizo todo, menos la angustia que contenía en su interior por no tener ningún dato ahora. Difícilmente se volverían a cruzar. No se podrían llamar.

Se desplomo en una parada de ómnibus y las lágrimas empezaron a caer por su rostro, ahora igual de mojado pero no de lluvia.

Lloró tanto tanto que el banco de la parada se desatornillo y entro a viajar como si fuera un barquito, por las calles aún inundadas.

Más viajaba en su barquito personal y más lloraba, tanto que la velocidad entró a aumentar, los semáforos no la detenían y ella no controlaba ninguno de sus movimientos. Fue así hasta que el barquito irrumpió en una casa que flotaba.

Dentro de la casa, un joven de sombrero esperaba paciente al lado del teléfono, no dejaba que nadie lo use, pues esperaba una llamada y en cualquier momento la podría recibir.

El barquito improvisado se metió de prepo por la ventana, rompiendo el teléfono que el joven tanto cuido.

Ambos sorprendidos por el impacto quedaron atónitos frente al otro. En un beso se unieron hasta convertirse en uno, tanto se pegaron que se hicieron uno de verdad, en una implosión se convirtieron en tarjeta impermeable y otra ventisca los sacó de la casa.

Ahora se dice por ahí que han visto volar a muchas tarjetas por los prados… Libres, solos, acompañados.

Así es…

Se fue sin decir una palabra, una sola y última palabra. Sus dedos tocaron mi cabello y el guarda del ómnibus apuró el último beso.

Desde la ventana lo vi no mirar de vuelta, él no mira de vuelta, entró al super de la esquina y se perdió entre tomates y compradores.

Mensajes de texto insanos, llenos de falsa esperanza y alegría mentirosamente sanadora.

Un olor particular invadió cada uno de sus espacios, llenando de recuerdos gélidos por la memoria que idealiza un momento interminable.

Canciones llenas de ganas de llorar, llenas de ganas de volver, llenas de ganas.

Mails mintiendo un simple estar bien, cómoda, siguiendo con la vida de juguete.

Sonrisas de algarabía en la bandeja de entrada, y nudos de tristeza en el reply.

Medias de frío y arena en los zapatos del recuerdo. Fotos enviadas y recibidas, imágenes que creí reconocer y esperando llenen un hueco que no se si existe.

Mil interrogantes colman mi cabeza de dudas, qué, cómo, dónde y por qué, me pregunto sin cesar.

Es tarde y el tiempo no deja pasar mas nada.

Creo que la realidad se convirtió en una fantasía llena de fotogramas cerebrales y rosados.

Odio el rosado, pero no dejo de pintar todos mis cuartos imaginarios de esa horrible mezcla entre la pureza y la pasión.

Es increíble como han pasado los años y uno sigue en la misma puerta, esperando que se abra, esperando un regalo de los dioses por haber sido tan buena niña.

"Los dioses ni regalan ni existen", dice el diablo mientras nos engaña y quiere hacernos dormir eternamente entre lagrimas.

Noches de alegría confunden mi insomnio constante, pero siempre a la mañana es él quien yace en el fondo de mis ojos.

La resaca de la lima me lo recuerda, el azúcar, la sal, la polenta, el tuco, los besos y mis dedos me lo recuerdan, cada pedazo de mundo tiene un desesperante recuerdo a él.

Paso a paso olvido e invento, mas me separo de la realidad y más duele darse cuenta del imaginario lugar por el que me deslizo.

Pasto de chocolate y lluvia de colores se convierten en tierra y agua para mostrarme en sueños su nula presencia.

Invisible es el techo que me tapa y no me deja ver más allá. Invisible o imaginado...

No volvió, no vino, ¡no nada! Pero su presencia de aire es más fuerte.

Paso, dejo, tomo un ómnibus y no está.

Pues que no vuelva más entonces, no lo miraré, no lo oleré, no existirá en ninguno de los cuartos que pise, en ningún colchón su altura mediré.

Te quiero dulce amor, dulce primer amor, saludo y palmadita en la cola, lo nuestro terminó.