La lluvia sacudía los paraguas de colores, a las ancianas en las esquinas y humedecía terriblemente sus cuadernos y papeles en la mochila.
Por suerte había protegido la tarjeta de forma poco casual. Con el nylon de cocina había forrado tres veces la propaganda, con su nombre y su teléfono inscritos sobre enero y abril.
Llegó a la esquina y el teléfono público estaba fuera de servicio. Camino otra cuadra más sin encontrar respuesta. La ansiedad le corría por las venas de la misma forma que las gotas empapaban su cara.
De pronto como un estallido, una ventisca se apodero de la impermeable tarjeta, y con ella también se llevó a las nubes.
En un abrir y cerrar de ojos se despejó el cielo y se tranquilizo todo, menos la angustia que contenía en su interior por no tener ningún dato ahora. Difícilmente se volverían a cruzar. No se podrían llamar.
Se desplomo en una parada de ómnibus y las lágrimas empezaron a caer por su rostro, ahora igual de mojado pero no de lluvia.
Lloró tanto tanto que el banco de la parada se desatornillo y entro a viajar como si fuera un barquito, por las calles aún inundadas.
Más viajaba en su barquito personal y más lloraba, tanto que la velocidad entró a aumentar, los semáforos no la detenían y ella no controlaba ninguno de sus movimientos. Fue así hasta que el barquito irrumpió en una casa que flotaba.
Dentro de la casa, un joven de sombrero esperaba paciente al lado del teléfono, no dejaba que nadie lo use, pues esperaba una llamada y en cualquier momento la podría recibir.
El barquito improvisado se metió de prepo por la ventana, rompiendo el teléfono que el joven tanto cuido.
Ambos sorprendidos por el impacto quedaron atónitos frente al otro. En un beso se unieron hasta convertirse en uno, tanto se pegaron que se hicieron uno de verdad, en una implosión se convirtieron en tarjeta impermeable y otra ventisca los sacó de la casa.
Ahora se dice por ahí que han visto volar a muchas tarjetas por los prados… Libres, solos, acompañados.
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